En un asteroide cualquiera, de esos cuyo número no tiene fin, había una mancha oscura, el asteroide no tenía edad, no era raro; un pedazo de roca que viajaba en una sola dirección, impulsado por su instinto inevitable; recorriendo la elíptica del tiempo, vectorialmente, con un fin, un objetivo, y dicen que no era consiente de ser. Solo viajaba buscando un impacto, un planeta líquido, sólido y gaseoso…cercano a una estrella, donde sembrar un cráter, un lugar seguro para la mancha oscura…
En su viaje a la estrella el planeta vivía; caía lentamente en un espiral que casi parecía eterno, en cierto momento, se encontraron el calor y el frío ávidos de sed, y miraron las piedras y jugaron con ellas por eras de eras condensando el vacío en porciones de materia, juntando puntos infinitesimales en el espacio con descomunal esmero, exactitud, y empastados con tiempo hasta formar el orden cristalino, el mineral que sabe hacer agua. El calor y el frió, establecen un pacto de amistad y se reparten el agua delimitando sus dominios , el frió se llevó la mitad del agua líquida y toda la sólida, y el calor quedó feliz con su otra mitad de agua líquida y toda la gaseosa.
Felicidades por el blog, Rauli, por acercarnos tus pensamientos. Aché siempre pa tys caminos....
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