Salí de casa y vi vuelos de gaviotas ruidosas y agitadas, persiguiendo
entre ellas, a cual llevaba la ostra, y la ostra siempre caía al agua y era
devorada por peces, ellos que siempre han sido alimento de gaviotas. Hoy era el mar también un mar de otros
pájaros: de picos largos y robustos, finos y curvados, de alas largas y anchas,
de plumas impermeables incapaces de mojarse, que escupía sobre la arena también
su mar de conchas despobladas, ruinas de moluscos, crustáceos, y algas vencidas.
Todo era la sal, la barca solitaria, un
horizonte que linda en línea con el cielo… el pescador. Azul de olas en la blanca espuma, cocos
náufragos, un vasto lugar donde hundirse, donde
el flotar es suerte de lo que navega. El navío no es más que un madero a
la deriva y tiene en cada orilla un
puerto. El mundo entero es una isla perdida en un océano, un navío, un madero, una deriva.
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